El alma consiste en un cilindro de abeto que se coloca en posición vertical dentro de los instrumentos de arco, en su parte aguda, con una finalidad múltiple, por un lado, de tipo estructural y, por otro, de tipo acústico.

En un principio, los instrumentos de arco carecían de alma. Por su estructura, el alma no se hacía necesaria. Tenían las tapas planas y los puentes con escasa altura y poco curvados, lo que hacía que las cuerdas no tuvieran excesiva tensión por lo que la tapa no requería de un refuerzo extra para mantenerse en su sitio.

Con el paso del tiempo, los instrumentos van evolucionando. Los puentes se arquean más y crecen en altura, lo que supone más tensión. Es necesario buscar nuevas soluciones  para compensar ese aumento de tensión y que la tapa no se hunda.

Una de las primeras soluciones fue la de curvar la tapa, formando una bóveda que soportara mayor tensión. Luego se reforzó el interior de la tapa con distintos tipos de barrajes. Y después llegó el alma.

En un principio su utilidad pudo ser de tipo estructural, es decir, la de servir de sustentación a la tapa a modo de una suerte de columna. Pero su introducción abrió toda una serie de nuevas expectativas para la luthería y para la música.

El uso del alma no sólo permitió usar mayores tensiones en las cuerdas, lo que supone mayor sonido, también cambió el carácter y la sonoridad de los instrumentos.

Podemos apreciar esta diferencia de sonoridad y carácter con estos dos ejemplos de dos instrumentos de la familia de la viola da gamba. El primero es un instrumento copia de un luthier italiano, Francesco Linarol, de finales del S. XVI. Es un instrumento que no lleva alma, sino una serie de barras armónicas que dan sustento a la tapa:

El siguiente ejemplo es de una viola da gamba copia de un original francés de finales del S.XVII. En este caso el instrumento sí lleva alma.

Si, desde el punto de vista estructural, la función del alma resulta simple de entender, no ocurre así con su función acústica. Si tenemos en cuenta este último aspecto, podríamos decir que la función del alma es la de “regular” la vibración de la tapa. Actúa como una especie de tope o cuña que determina en qué manera la pata aguda del puente interactúa con la tapa, dando más o menos libertad a las vibraciones que se producen.

Su posición y su ajuste por tanto son críticos y determinan la calidad y tipo de sonido del instrumento. El contacto del alma con el fondo y la tapa han de ser milimétricamente ajustados y la altura de la misma muy bien calculada, todo ello a fin de conseguir el mejor resultado sonoro y evitar daños en el instrumento.

De cómo afecta la posición y ajuste del alma al sonido hablaremos en un artículo aparte.